martes, 20 de noviembre de 2012

FRAGMENTO DE "MARIO Y EL REFLEJO DE LA LUZ SOBRE LA OSCURIDAD"


Sí, la verdad es que fue como un despertar, como recibir una enorme inyección de moral al comprobar que no estabas solo y que eran muchos los que, como tú, también creían que un mundo mejor y más justo sí era posible. Recuerdo aquellos días con la ilusión de un niño, como si los acontecimientos me demostraran que todo era posible. Un sentimiento, por cierto, agrandado por esa paz que sentía en mi interior al tener junto a mí a Sonia, a esa persona que definitivamente había equilibrado mi existencia y había igualmente disparado mis ilusiones hasta límites insospechados. Cada tarde, después de habernos saciado con aquel espíritu rebelde y reivindicativo que inundaba la Puerta del Sol, me iba junto a ella recorriendo el centro histórico de Madrid mientras Sonia observaba extasiada la belleza de muchos de sus edificios. Según me dijo, tan solo había estado un par de veces en Madrid, y siempre lo había hecho para solucionar algunos asuntos burocráticos y no por placer. «Menos mal que sí pude al menos visitar el Museo del Prado y el Reina Sofía junto a mi tío Arístides», me dijo, hablándome entonces de la enorme emoción que sintió en este último al observar en vivo el Guernica y las salas que lo rodean. «Recuerdo muy especialmente un póster de la Guerra Civil que denunciaba los continuos bombardeos que tuvo que sufrir la ciudad por parte de ejército golpista, y en donde las caras de horror y pánico de dos niños evidenciaban lo cruel y repugnante de aquella situación», me dijo al hablarme de aquel museo. Sinceramente no sé si era pasión de enamorado lo que en aquellos momentos sentía al oírla hablar, pero verdaderamente Sonia contaba las cosas con tal devoción, que todo su ser se iluminaba mostrándote una luz que era capaz de traspasar cualquier barrera, por más opaca que esta fuera.
Recorrimos también la Gran Vía, la calle de Alcalá, la de Atocha y todos aquellos barrios como el de Malasaña, la Latina o Chueca, que mostraban al transeúnte un carácter propio y especial. Incluso aprovechamos nuestra visita al Museo del Prado para adentrarnos en el parque del Retiro y así impregnarnos de su tranquilidad, rodeados en todo momento por la hermosura de sus jardines y plazoletas. Pero más que las calles o jardines más conocidos, recorrimos parsimoniosamente esas callejuelas del casco antiguo que, a pesar de la modernidad del siglo XXI, todavía conservan en sus entrañas esa especial y peculiar singularidad que por sí sola es capaz de transmitirte toda la historia acumulada que aun mantienen sobre sus, en ocasiones, angostos adoquines. A cada paso, y posiblemente porque mi mente intentó trasladarse a otras épocas, iba sintiendo en cierto modo todas aquellas vivencias que otras gentes habían dejado a su paso en aquel laberinto de intrincadas calles. Sí, si uno hace un pequeño esfuerzo, tus ojos y todo aquello que la historia ha dejado plasmado en papel son capaces de transmitirte sentimientos de todo tipo de unas gentes que, en su día, también caminaron por el mismo lugar que en ese momento yo lo estaba haciendo. Aquellas viejas casas habían sido testigos de guerras, de revoluciones y de todo tipo de acontecimientos que el peso de los años dejan tras de sí.
Así es, en aquel instante sentí que yo solo era un pequeño eslabón de la cadena, aunque un eslabón que no por diminuto dejaba de tener menos importancia, al igual que las vidas de toda aquella gente que en otro tiempo, casi con toda seguridad, también albergaban en su interior mis mismos anhelos de paz y convivencia. «En efecto», pensé en aquel instante, «la naturaleza humana siempre busca lo mismo y eso no es otra cosa que colmar sus deseos para intentar hallar el camino de la dicha y la felicidad, aunque casi siempre esa palabra se convierta en una auténtica quimera para la gran mayoría de los mortales».
Pensando ahora en aquellos momentos, los recuerdo de una forma muy emotiva y cargados de mil y una sensaciones, como aquellas que cada noche, y ya en la privacidad de nuestra habitación, sentíamos Sonia y yo al dar rienda suelta a nuestras pasiones para así mostrar todo el amor que sentíamos el uno por el otro. Sí, así es, nos sentíamos bien, esperanzados y, evidentemente, locamente enamorados. Todavía pienso en cómo entre aquellas cuatro paredes, y solo con mirarnos, nuestra sensualidad se disparaba hasta límites insospechados, pues hacer el amor no consistía en un mero y circunstancial desahogo hormonal, sino que se convertía en un verdadero despertar de todos nuestros sentidos.

2 comentarios:

Ginés Vera dijo...

No he tenido oportunidad estos días de felicitarte por tu nueva novela: Mario y el reflejo de la luz sobre la oscuridad. Lo hago ahora, enhorabuena. Sé que los que ya son asiduos a tu estilo encontrarán una nueva oportunidad de disfrutar de tu prosa reflexiva. Y los que aún no te han leído, se acercarán sin duda para quedarse y dejarte sus comentarios en este sentido. Lo dicho, Victor: enhorabuena por tu novela. Un saludo.

Victor J. Maicas dijo...

Muchísimas gracias, Ginés. Siempre es agradable y reconfortante sentir cerca a los amigos. Ya te enviaré dendro de unos días la invitación para la presentación de la novela en Castellón que tendrá lugar el día 15 de diciembre en la librería Argot. Aunque de todas formas para los primeros meses del próximo año se hará la presentación en Valencia. Un abrazo.