sábado, 17 de marzo de 2012

PRÓLOGO DE "LA PLAYA DE REBECA"


Es curioso ver tu rostro en el espejo. A menudo pienso que siempre ha sido así, marcado por las cicatrices del tiempo, de los años vividos intentando encontrarte a ti mismo. Hubo un tiempo en el cual mi cabello era oscuro y mi alma limpia y pura, como el vestido de mi madre frente al altar. Con el paso del tiempo, mi cabello se fue volviendo de un delicado color blanco, mientras mi alma se fue oscureciendo por momentos.

A mis casi cincuenta años, he conseguido aclarar mi alma y teñir mi cabello con ese tinte que te devuelve a la vida, que te la hace beber a sorbos, paladearla y sentir su sabor, apreciando intensamente esos pequeños instantes que alguien te regala, y que quizá con veinte años no sabes apreciar. La historia que os voy a contar la viví hace un tiempo, cuando estaba inmerso en una de mis habituales crisis existenciales, en una época en la que no quería recordar lo vivido y en la cual aprendí a apreciar, paradójicamente, lo mucho y bueno de mi pasado, desterrando de mi memoria aquella sensación de soledad que nunca me había abandonado.

Como me aconsejó Rebeca en una ocasión, intento aliarme cada día con el tiempo, que sea mi amigo, que me cuente el secreto de cada edad, de cada época, y que cada minuto sea el primero de mi nueva vida. Hoy por hoy, intento recordar lo mejor de lo vivido, que no es poco, pero sobre todo, intento pensar en lo mucho que dentro de unos años tendré para recordar.

2 comentarios:

Ginés Vera dijo...

A veces el tiempo es un majestuoso orfebre, no solo de nuestro rostro (espejo del alma), sino de nuestra memoria. Leer el prólogo de La playa de Rebeca es una invitación a cruzar el umbral, a mirarse en el espejo de esta novela.
Suerte, amigo.

Victor J. Maicas dijo...

Gracias Ginés. Tus palabras son muy acertadas, pues casi siempre nuestro rostro es el reflejo del alma.
Un abrazo.